'Pretender que el virus afecta a todos por igual es la mayor mentira de 2020'

Análisis
Author
Peter Mertens
PTB.be

Prólogo de la edición inglesa de 'Los olvidados'

Con esta versión en inglés, 'Los olvidados' existe ahora en una quinta lengua (después del neerlandés, el francés, el alemán y el español). Estoy muy agradecido a Vijay Prashad y a LeftWord Books.

Peter signes a book

Hubo un tiempo en que los libros conservaban su valor durante muchos días. En tiempos como los que corren, de bocinazos en Twitter, esto no es tan evidente. Han pasado siete meses desde que se escribió el libro. En la vida de un virus, esto es una eternidad. Para hacernos una idea, entre el contagio inicial y el confinamiento mundial pasaron solamente siete semanas. Hoy en día ya hemos pasado por dos olas, noventa millones de infecciones y más de un millón y medio de muertes. Hubo confinamientos, relajamientos y de nuevo confinamientos. Las medidas excepcionales han sido calificadas como "provisionales" y más tarde como "temporales", hasta que la excepción temporal se ha acabado convirtiendo en la norma.

Cuando se publicó este libro, los generadores de opinión pública occidentales fruncieron sus ceños. ¿Qué es eso de un "virus de clase"? Rey, emperador o cardenal, todos pueden pillar el coronavirus, ¿no es cierto? Por lo tanto, no es este el caso. La covid-19 ha agudizado todas las contradicciones del capitalismo mundial; los hechos nos lo han ido haciendo ver.

Durante la oscura noche de la pandemia, las personas con profesiones esenciales han seguido trabajando. No han sido los gestores de los fondos de especulación, los operadores bursátiles, los asesores financieros, ni las vedettes de las tertulias televisivas. Tampoco han sido las Kardashian. Han sido las enfermeras, los basureros, las limpiadoras, el personal educativo, los reponedores de los supermercados, los carteros, los conductores de autobús. Son ellos quienes han asumido los riesgos y han puesto en marcha la sociedad. Y siguen haciéndolo. Pero en cuanto las curvas empiezan a descender, la clase de los charlatanes pretende que olvidemos todo lo más rápido posible. Tenemos que sumergirnos en la amnesia, regresar al imposible statu quo previo al virus. "Cuando tuvieron miedo de morir, de repente nos vieron como héroes. Hoy ya se han olvidado de nosotros", subrayaba en este libro Mónica, de Cremona (Italia).

Ganadores y perdedores

Noah, un amigo de los Países Bajos, encargó mi libro por Internet. Se lo entregó un conductor de bol.com, que se lleva apenas dos euros por entrega. Bol.com es una tienda de venta online, la versión holandesa de Amazon. Los propietarios de bol.com figuran entre los ganadores de la crisis. Su beneficio neto se duplicó hasta superar los dos mil millones de euros. Del otro lado, los repartidores explotados entregan la mercancía al cliente por un salario miserable. Y en los gigantescos centros de distribución, los preparadores de pedidos recorren hasta 20 kilómetros al día, manipulando 225 paquetes por hora por apenas 10 euros brutos. Son personas de todas las nacionalidades. Se alojan en contenedores residenciales del camping bol.com, donde pagan 400 euros por un colchón individual. Esto es Holanda en el 2021. Esto es esclavitud moderna.

Jeff Bezos, propietario de Amazon, ese otro gran gigante de la paquetería, es una de las personas más ricas del mundo. En plena crisis del coronavirus, ha visto su fortuna aumentar en otros 78.000 millones de dólares, mientras sus clasificadores de pedidos trabajan duro pero no ganan ni para dodotis. La mayor mentira del 2020 ha sido, sin duda, la de pretender que el virus es democrático y que afecta por igual a todo el mundo. Los ricos se han hecho más ricos y los pobres más pobres. Este virus realmente es un virus de clase. "Mertens califica el coronavirus de "virus de clase"", escribe el semanario alemán Unsere Zeit. Analiza el impacto de la pandemia a nivel de Europa. Esta afecta a los más débiles y pobres en todos los países. En una situación de trabajo precario, la salud y la seguridad también son precarias. Es por ejemplo el caso de los temporeros de las plantaciones de legumbres en Europa del Sur, o el de los trabajadores contratados por el gigante cárnico Tönnies en Alemania".

Un virus de clase. Esta palabra se sitúa en el centro de casi todas las reseñas del libro. En las revistas Jacobin desde Estados Unidos, L'Humanité desde Francia, junge Welt, Neues Deutschland y Unsere Zeitdesde Alemania, NRC Handelsblad desde los Países Bajos y Cuarto Poder y El Plural desde España. Un virus de clase. Gabriela Bucher, directora general de Oxfam Internacional, no dice otra cosa cuando presenta su informe sobre la desigualdad: "Nunca antes habían aumentado tanto las desigualdades globales como desde que se instauraron las medidas." ¿Qué ha pasado entre el 18 de marzo y el 31 de diciembre de 2020? Por un lado, el número de personas que viven en la pobreza en el mundo ha aumentado de hasta 500 millones. Por otro lado, las diez personas más ricas del planeta han visto aumentar su riqueza en nada menos que 540.000 millones de dólares. Digiere eso. Este aumento de la riqueza de esas diez personas más ricas del planeta sería suficiente para poder vacunar al conjunto de la población mundial y garantizar que nadie más quedara en la pobreza. "La profunda brecha entre ricos y pobres es tan mortal como el propio virus", concluye Gabriela Bucher.

En todo el mundo, las regiones más pobres tienen tasas de infección y mortalidad más elevadas que las regiones económicamente más prósperas. En Inglaterra, las tasas de mortalidad por la covid-19 son dos veces más elevadas en los barrios más pobres que en los más ricos. Lo mismo sucede en la India, en Francia y en España.

¿Acaso las grandes empresas farmacéuticas tienen también la patente sobre toda una serie de políticos?

Unos pocos mililitros de una sustancia líquida dentro de un frasco de vidrio: No parece particularmente impresionante, una vacuna de ese estilo. Pero no conviene equivocarse. Esos pocos mililitros de líquido contienen una enorme cantidad de conocimiento acumulado. A su lado, la poción mágica del druida Panoramix, de Astérix y Obelix, se queda pequeña. Esta diminuta cantidad en un frasco, está basada en todo tipo de descubrimientos procedentes de diversas disciplinas científicas: desde la biología celular hasta la fisiología, desde la inmunología hasta la epidemiología, y desde la física hasta la estadística.

Fantástico, pues: ya disponemos de vacunas eficaces que pueden detener el virus. Pero, ¿recibirá todo el mundo una cucharada de la caldera de Panoramix, para que podamos derrotar a los romanos? No. Nos llevará años. ¿Y por qué? La respuesta es: porque no producimos suficientes vacunas. ¿Entonces no es posible? Sí, técnicamente es perfectamente posible. Y entonces, ¿por qué no lo hacemos? Porque está prohibido. Las vacunas están patentadas y protegidas por esas patentes, por lo que no todo el mundo tiene autorización para producirlas. Sería casi imposible encontrar algo más absurdo que eso.

Confrontación con la realidad. Cientos de miles de personas están muriendo en todo el mundo a causa del virus, los hospitales están colapsando durante la pandemia, sectores económicos enteros se están paralizando, las empresas quebrando, la gente perdiendo sus empleos y los jóvenes perdiendo la esperanza, pero... no vamos a poder resolver este problema a corto plazo, porque las grandes empresas farmacéuticas no nos lo permiten.

De nuevo, confrontación con la realidad. Si quisiéramos, mañana mismo, decenas de miles de empresas de todo el mundo podrían ponerse a producir vacunas. De aquí a finales de 2021, podríamos tener vacunada a toda la población de este planeta azul. Sería formidable para las personas, para la salud y para la economía. Pero esto no se produce porque hay un sector monopolístico que se interpone en el camino: la industria farmacéutica.

Parece que el Big Pharma no se contenta solamente con patentar las vacunas, sino que también se reserva los derechos sobre toda una serie de políticos de todo el mundo. En lugar de asumir sus responsabilidades y hacer posible la producción de vacunas en cantidad suficiente, la casta política se limita a repetir la cantinela del lobby farmacéutico. Las patentes existirían, supuestamente, porque el conocimiento científico contenido en esos pequeños frascos ha sido desarrollado por gigantes privados. ¡Chorradas y mentiras! Todas las vacunas utilizables son fruto de años de investigación científica en laboratorios e institutos de investigación financiados con dinero público. Lo escribí el verano pasado en este libro, y se ha vuelto a confirmar. Los contribuyentes y los poderes públicos inyectan considerables sumas de dinero en el desarrollo de vacunas. Pero no reciben una contrapartida.

La guerra por unos pocos mililitros de sustancia líquida

Las vacunas de ARNm Pfizer y Moderna se basan en investigaciones fundamentales realizadas en una universidad estadounidense. AstraZeneca se asoció con la Universidad de Oxford. En la carrera hacia finales de 2020, el gobierno estadounidense invirtió más de 10.000 millones de dólares en el desarrollo de una vacuna. La Unión Europea también se declaró dispuesta a aportar 6.000 millones de euros de financiación pública. BioNTech, la empresa que se asoció con Pfizer, recibió casi 400 millones de euros del gobierno alemán. Danke schön.

Se tendría que haber exigido el poder disponer de los resultados de la investigación para que la vacuna pudiera producirse rápidamente en todo el mundo. Que esto no se haya exigido es criminal. La consecuencia es que, en los próximos meses, dispondremos de tan pocas vacunas para proteger a la mayor parte del mundo, que algunos países tendrán que esperar durante años. Tan sólo un puñado de empresas podrán suministrar las vacunas y cualquier problema traerá consigo inmediatamente retrasos importantes.

"Nos estamos viendo obstaculizados por una Comisión Europea que prefiere exigir a sus Estados miembros que reduzcan sus pensiones o el gasto público antes que exigir a las empresas farmacéuticas que dispensen las vacunas que han prometido", escribió el conocido periodista español Pascual Serrano a principios de este año. En el Parlamento belga, la Dra. Sofie Merckx destacó que: "Hoy en día, no estamos vacunando en función de las necesidades, sino en función de la sed de beneficios de las empresas farmacéuticas." Mientras tanto, Pfizer ha anunciado que la vacuna contra el coronavirus le reportará 15.000 millones de dólares adicionales, aumentando su ganancia en 5.000 millones.

Próximamente, millones de dosis de la vacuna desfilarán por la cinta transportadora de la empresa sudafricana Aspen. Sin embargo, se teme que los propios sudafricanos tengan que esperar otros cuatro años para poder ser vacunados. De hecho, los países ricos han comprado todo "el mercado". Compraron el doble o el triple de las cantidades necesarias. "El mercado es incapaz de organizar una distribución equitativa en función de las necesidades sanitarias. Aquí es donde interviene la solidaridad", concluye muy acertadamente el profesor belga de medicina general Jan De Maeseneer.

La sagrada promesa de convertir la vacuna contra el coronavirus en un bien público accesible para todos, se rompió hace tiempo. El que primero haga el pedido y, sobre todo, el que más pague será el ganador. Sin embargo, es probable que más de 70 países se queden con las manos vacías este año: no dispondrán de vacunas. Un joven de un país rico tiene más posibilidades de ser vacunado que una mujer mayor de un país más pobre, aunque el riesgo de muerte sea mucho más elevado. Esto no sólo es una injusticia enorme, sino que también revela una insoportable falta de visión estratégica. Mientras la pandemia siga haciendo estragos, todo el mundo estará inseguro. Y cuanto más tiempo circule el virus, más variantes podrán multiplicarse y mayores serán las posibilidades de que las vacunas dejen de ser eficaces. En Europa, los partidos de la auténtica izquierda, sindicatos, ONG y ciudadanos han unido sus fuerzas para lanzar la Iniciativa Ciudadana Europea Right2Cure. En www.noprofitonpandemic.eu quieren recoger un millón de firmas para abolir las patentes sobre las vacunas contra el coronavirus.

Hacia un intercambio de conocimientos a nivel mundial

Demasiado tarde, demasiado poco, demasiado opaco y demasiado caro. En todas partes, los gobiernos se están quedando atrás. No es la primera vez que fallan. A la catástrofe de las mascarillas le siguió la escasez de oxígeno y de equipos de protección. Después, tuvimos el drama de las residencias y el fracaso total de los tests y del rastreo. Y hoy, no somos capaces de vacunar rápida y eficazmente. Los fallos recurrentes no son excepciones. Hay un patrón detrás de todo esto.

Este patrón es una creencia sagrada en el libre mercado y en el capitalismo. "Los únicos engranajes que ponen en marcha la economía política son el ánimo de lucro y la guerra entre los partidarios de este ánimo de lucro", escribía Karl Marx; ahora, resulta difícil demostrar que estaba equivocado. Todo el orden social está organizado y funciona para permitir que unas pocas grandes empresas tomen las riendas, cuando todos los hechos están gritando a los cuatro vientos que un enfoque público y colectivo constituye una necesidad vital. Tiene que haber una ruptura entre la política y el lobby farmacéutico. Debemos invertir no sólo en investigación pública, sino también en la producción de medicamentos. Tenemos que replantearnos todo el sistema sanitario. No concebimos los cuidados como un terreno comercial para las grandes empresas, sino como una necesidad básica para toda comunidad. No consideramos que la medicina sea solamente curativa, sino también preventiva, para evitar en la medida de lo posible las enfermedades y la precariedad.

En esta pandemia, muchas personas han dado lo mejor de sí mismas, con los recursos de los que disponían. "Pero nuestro sistema de medicina preventiva es mucho más débil -declaraba la infeccióloga belga Erika Vlieghe-. No es ninguna coincidencia que países como Cuba, Vietnam y Tailandia hayan salido mejor parados dentro de esta crisis".

Efectivamente, todos estos países disponen de un sistema de medicina preventiva muy desarrollado y cercano a la población. Para este libro, hablé con K.K. Shailaja, la famosa ministra comunista de Sanidad del estado indio de Kerala. Kerala tiene proporcionalmente menos víctimas de coronavirus. El secreto está en sus centros de salud de barrio. Todos los barrios tienen un centro de este tipo. Y todo el mundo puede ir. Estos centros emplean un total de 26000 trabajadoras de la prevención, principalmente mujeres. Conocen a todo el vecindario y, en cuanto aparece un caso de coronavirus, intervienen para detener la propagación. Menudo contraste con respecto a un país rico como Bélgica. En Cuba se hace lo mismo, allí la prevención es primordial. Además, los cubanos brindan ayuda allí donde pueden. En pleno confinamiento, las brigadas médicas cubanas vinieron para establecer un hospital de campaña en Italia. Un pequeño país del sur volaba para rescatar a un rico país del norte. "No somos héroes, compartimos lo que tenemos", dicen los cubanos. Para los defensores del libre mercado, esto es demasiado radical. Para la humanidad, esto debería ser lo normal. En mi opinión, los médicos cubanos merecen el Premio Nobel de la Paz.

La covid-19 podría ser un punto de inflexión. Mucho más importante que el gran terremoto de Lisboa de 1755, fue el terremoto espiritual que le prosiguió, escribe Philipp Blom. Este terremoto puso en duda el pensamiento dominante. También es posible hoy en día. Debemos contribuir a definir la agenda y a imponer los temas de debate. Después, deberemos abordar el hecho de que el mercado no funciona. El hecho de que hoy en día, miles y miles de personas mueran de hambre mientras el mercado bursátil anda por las nubes. El hecho de que volvamos a inyectar 4 billones de euros de dinero público en la economía para mantener el motor en marcha, cuando ya lo hicimos hace apenas diez años durante la crisis bancaria. El hecho muy revelador de que la supuesta superioridad del mercado autorregulado necesite recibir, cada diez años, miles de miles de millones de euros de todos nosotros.

"Si el hombre puede ir a la Luna, ¿por qué no podemos resolver los problemas importantes que se plantean en la Tierra?" se pregunta la economista italiana Mariana Mazzucato. Necesitamos objetivos públicos ambiciosos. Ella los llama "Moonshots", misiones. Acceso a la salud y la educación para todos. Producción de energía limpia y pública. Transporte público eficiente y accesible. Una sociedad sin brecha digital, con soportes de datos públicos y wifi gratuito. Todo esto es menos utópico que ir a Marte, un proyecto que ya está en marcha. Pero, para eso... va a hacer falta oponerse a los grandes intereses del capital.

Esto también hay que decirlo. Porque hoy inyectamos billones de dólares en el sistema, pero todo ese dinero va casi directamente a los capitalistas rapaces de las grandes empresas farmacéuticas, a los gigantes de la energía fósil, a los gigantes tecnológicos que están invadiendo nuestra vida privada, o a los especuladores bursátiles. Exactamente igual que después de la crisis bancaria. Esto no es una solución. Al mismo tiempo que nos liberamos del virus, debemos liberarnos de los grandes tentáculos privados que controlan la Tierra. Los "Moonshots" que necesitamos no son los que permiten a los gigantes privados seguir enriqueciéndose con la explotación. Es hora de que haya un cambio; es el momento de tomar la iniciativa pública en la organización y producción de la energía, el transporte, la tecnología digital y la sanidad.

"La mente que se abre a una nueva idea nunca vuelve a su tamaño original", dijo Albert Einstein. Ya es hora.

 

Bruselas, 31 de enero de 202

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